Hemos escuchado mil veces la misma historia: los hombres engañan porque buscan sexo, las mujeres porque buscan amor. Como si los hombres fueran simples robots programados para el placer y las mujeres criaturas hambrientas de afecto. Pero, ¿y si no fuera tan así?
Los estudios recientes sobre la sexualidad femenina han revelado su complejidad: es subjetiva, relacional, depende del contexto y de un sinfín de factores emocionales. Pero el problema es que, al iluminar esta complejidad, hemos dejado en la sombra la sexualidad masculina, reduciéndola a un instinto básico, casi mecánico.
Si nos tomamos en serio la idea de que la sexualidad de los hombres también es compleja, entenderemos mejor la infidelidad masculina. Porque cuando se trata de deseo, hombres y mujeres no son tan diferentes. Nada en el mapa sexual masculino indica que los hombres sean menos emocionales o menos relacionales que las mujeres. Si no, dime, ¿qué otra cosa es la culpa que siente un hombre cuando no logra satisfacer a su pareja? ¿Qué nombre le damos a la ansiedad que lo consume cuando mide su valía según el placer que proporciona? Todo esto es profundamente relacional, aunque no lo llamemos así.
La vida emocional de un hombre impacta directamente en su sexualidad. Si se siente inseguro, poco atractivo, poco exitoso o simplemente solo, esto afecta su deseo y su forma de buscar placer. Pero, a diferencia de las mujeres, los hombres tienen vetado el acceso a ciertos espacios de contención emocional. Mientras las mujeres pueden hablar con amigas, llorar en terapia o buscar consuelo en una red de apoyo, los hombres aprenden desde niños que esas vías no son para ellos. Y aquí entra en juego el sexo.
El porno, el sexo de pago o los encuentros anónimos no son solo una búsqueda de placer físico; son una escapatoria. Un respiro de la exigencia de ser siempre fuertes, seguros y exitosos. En un club de striptease, en una cita con una trabajadora sexual o frente a una pantalla, un hombre puede dejar de esforzarse por un rato. Puede recibir, sin presiones. Ahí no tiene que seducir, no tiene que enfrentar el miedo al rechazo, ni demostrar nada. No es casualidad que, en un mundo donde los hombres están cada vez más confundidos sobre su rol, aumenten las infidelidades desapegadas al mismo tiempo que surgen nuevas masculinidades que buscan conectar más con sus emociones.
El atractivo del sexo pagado radica en que, por una hora, un hombre puede comprar la ilusión de ser el centro de la atención sin la carga emocional de la intimidad. Puede ser egoísta sin culpa, sentirse deseado sin esfuerzo. Están comprando simplicidad en un mundo donde la masculinidad se ha vuelto un campo de minas emocionales.
Entonces, ¿tenemos que seguir creyendo que los hombres solo quieren sexo? Tal vez deberíamos tomar esa idea menos literalmente. Tal vez el sexo es solo el disfraz que usa para entrar en la antesala de sus emociones. La sexualidad masculina no es solo una cuestión de placer, sino también un lenguaje oculto para expresar lo que no se atreven a decir.
Hombres y mujeres no son tan distintos en sus motivaciones para ser infieles. Lo que cambia es el relato que les permitimos contar sobre su deseo. Si seguimos viendo a los hombres como simples adictos al sexo y a las mujeres como ansiosas de amor, enterramos sus verdaderos anhelos y necesidades bajo un montón de estereotipos. Y si hay algo que la infidelidad nos puede enseñar es que, en el fondo, todos buscamos lo mismo: sentirnos vistos, deseados y, sobre todo, un poco menos solos.
¿Es solo sexo? repensando la infidelidad masculina

